
Autor: Amargo
Comenzando el verano. El lugar es hermoso y cuenta con todos los requisitos para ser de esos lugares que producen la envidia de todos los que vivimos en las grandes ciudades. La más absoluta tranquilidad, no hay ruidos, sólo los que hace la naturaleza. El aroma, el viento, los colores y las texturas, todo perfecto. La luminosidad cambia en cada instante como resultado del jugueteo de las nubes con el sol.
Sin dudas el río, su agua, le da la vida al sector. Con unos treinta metros de ancho y una profundidad que no supera las caderas, hay un pescador practicando el arte de la Pesca con Mosca, parece dominar las técnicas básicas, dando la impresión de tener mucho que aprender aún. La majestuosidad del lugar, sin dudas es la ideal para quien practica esta apasionante actividad. Pequeñas correntadas, algunos troncos añosos caídos sobre el torrente, de orillas amplias para poder lanzar la línea Floating con facilidad, es decir, sencillamente óptimo.
Unos metros más allá y tras un recodo del río surge la figura de una dama, de tez blanca, ojos color miel, mas bien baja, el agua le llega hasta la parte superior de la cintura. Vistiendo con los atuendos propios de la actividad, también practica sus lanzamientos. Las condiciones eran casi extremas, el agua estaba a punto de sobrepasar el borde del traje que la protegía y sumado a la baja estatura de su humanidad, hacían peligrar su estabilidad en el río. Justo en ese instante y a unos diez metros de ella y casi frente de él, una hermosa trucha Fario o Marrón o Brown Trout, da un espectacular salto, que junto con desestabilizarla, arranca, quitándole casi la totalidad del sedal.
-¡Bravo, bravo es una linda marrón!- exclamó Diego.
-¡No puedo, voy a caer!- le indicaba ella desesperadamente. La dirección del viento no le permitió a Diego escuchar a su mujer, y por cierto estaba más preocupado de la captura, que de las condiciones de Bernardita o Bella, como le dice Diego.
El entorno se enrareció por un momento, como si comenzara una gran tormenta, y con la misma rapidez que cambió el clima, todo retornó a la normalidad. El susto fue grande, con gran pesar para Diego, pues la marrón se perdió.
-Nunca pensé que esto me sucedería, mira como estoy toda mojada-. En gesto de agradecimiento, se acercó a Diego besándolo profusamente. Sin duda los momentos que habían vivido en estas pocas horas, -no eran más de tres las que habían transcurrido, desde que dejaron del Boing, que los trasladó desde Santiago-, ya eran inolvidables.
Bella en una actitud como de espanta pájaros, le insinuó con su mejor gesto femenino, que le acercara la mochila donde tenía la ropa para cambiarse. Con una delicadeza similar a la del paisaje, comenzó a quitarse el Wader, debajo traía unos pantalones de una tela perecida al Polar pero muy fina, casi tanto como su piel blanca aterciopelada que a medida que iba apareciendo estimulaba el amor de Diego, unos minúsculos calzones brillaron con el reflejo del último rayo de sol de esa tarde. Ambos pensaban que el día que estaban viviendo no lo podrían olvidar, pues se amaban. En su interior agradecían al creador por haberlos puesto allí. Hicieron el amor, sí, hicieron el amor y con la perfección que le ha enseñado su relación de esposos por veinte años. Nunca, ella ni él y sus convencionalismos, les habían permitido hacerlo en un lugar distinto de su cama, la experiencia fue inolvidable.
-Hoy ha sido un día completo, fantástico, si todos los días fueran así...- Comentaba Diego mientras caminaban de regreso a la cabaña.
Esta era la única terapia que le daba resultados. Diego es un ejecutivo medio de una empresa chilena. Sufre una tremenda depresión y llora varias horas al día.


